El Pampayoj
En los pagos de Santiago del Estero, donde el monte se vuelve tan denso que la luz del sol llega en jirones y el silencio tiene peso, existe una criatura que ni los más viejos del pueblo se atreven a nombrar en voz alta después del anochecer. Los puesteros la llaman El Pampayoj —el dueño de la pampa, el señor del monte— y dicen que es el alma de todos aquellos que murieron solos en el desierto, condenados a vagar por la tierra que los devoró.
Don Pancho, el último puestero auténtico de la zona de Ojo de Agua, tenía noventa y cinco años cuando decidió contarme la historia. Lo hizo en su rancho de adobe, mientras afuera el viento norte hacía gemir los algarrobos como almas en pena. Primero echó un vistazo por la ventana, como si temiera que alguien —o algo— nos escuchara.
"El Pampayoj no es un solo ser", comenzó, encendiendo su pipa con manos temblorosas. "Es muchos. Todos los que se perdieron en el monte y nunca encontraron salida. Todos los que murieron de sed, de hambre, de locura. Sus almas no se fueron al cielo ni al infierno. Se quedaron aquí, en el monte, y se juntaron en una sola cosa."
La primera vez que Don Pancho vio al Pampayoj tenía quince años. Era 1947, un año de sequía terrible, y él había salido a buscar una vaca perdida. Caminó durante horas, guiándose por el sol, hasta que el monte se volvió tan espeso que perdió todo sentido de dirección.
"El monte te juega sucio cuando quiere", explicaba Don Pancho, soplando el humo de su pipa. "Te hace dar vueltas en círculo sin darte cuenta. Te muestra senderos que desaparecen. Te hace escuchar ríos que no existen. Yo caminé todo el día, y cuando oscureció, estaba exactamente donde había empezado. O eso creí."
Fue en la hora azul, ese momento en que el cielo retiene el último resplandor pero la tierra ya es de la noche, cuando Don Pancho escuchó el primer sonido. No era un animal —él conocía todos los sonidos del monte— ni era viento. Era como... pasos. Muchos pasos. Como si cien personas caminaran entre los arbustos, todas a la vez.
"Me escondí detrás de un chañar", continuaba Don Pancho, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro. "Y entonces lo vi. O los vi. No sé cómo describirlo. Era una figura, pero hecha de muchas figuras. Como si cuerpos se hubieran fundido en uno solo. Tenía... demasiados brazos. Demasiadas cabezas. Y donde debería estar su rostro, había solo oscuridad."
El Pampayoj se movía de manera errática, como si cada parte de él quisiera ir en una dirección diferente. A veces caminaba erguido, como humano. A veces se arrastraba, como animal. Y a veces —esto Don Pancho lo juraba por su madre muerta— flotaba a centímetros del suelo, con las raíces de los árboles retorciéndose para apartarse de su paso.
"Lo peor", decía Don Pancho, y sus ojos se perdían en algún punto del pasado, "era el olor. A podrido, sí, pero también a algo más. A desesperación. A miedo concentrado. Como si el propio aire a su alrededor estuviera hecho de todo el terror que sintieron los que murieron en el monte."
El Pampayoj se detuvo a metros de donde Don Pancho estaba escondido. La criatura —o criaturas— parecía olfatear el aire. Entonces, desde la oscuridad donde debería estar su rostro, salió una voz. Pero no era una sola voz. Eran muchas, hablando al unísono, superpuestas, como un coro de agonizantes.
—¿Dónde está tu vaca, muchacho? —dijo el Pampayoj, y cada palabra sonaba como si cien personas la pronunciaran a la vez—. ¿Te perdiste buscando una vaca? Nosotros también nos perdimos. Hace tanto tiempo... hace siglos... ¿nos ayudás a encontrar el camino?
Don Pancho sintió que su mente se nublaba. Había algo hipnótico en esa voz múltiple, algo que le hacía querer salir de su escondite, querer ayudar, querir unirse a ellos.
"Pero mi vieja me había enseñado", continuaba Don Pancho. "Me dijo: 'Si ves al Pampayoj, no le hables. No lo mires a los ojos. Y si te habla, no respondas con palabras. Respondé con fuego'."
Con manos temblorosas, Don Pancho encendió un fósforo. La llama pareció enfurecer a la criatura. El Pampayoj emitió un sonido —no un grito, sino cien gritos superpuestos— y retrocedió, retorciéndose, desintegrándose parcialmente en sombras que se dispersaron entre los árboles.
"No lo lastimé", aclaraba Don Pancho. "No podés lastimar algo que ya está muerto. Pero el fuego... el fuego les recuerda lo que perdieron. La vida. El calor. El sol. Por un momento, el fuego los asusta. Les da miedo recordar."
Don Pancho corrió toda la noche, guiado por las estrellas, hasta que encontró el camino de vuelta. La vaca apareció sola dos días después, sana y salva. Pero Don Pancho nunca más volvió al monte profundo después del atardecer.
"El Pampayoj no te quiere hacer daño", concluía Don Pancho, apagando su pipa. "No es malo, no es bueno. Es... soledad. Es todo el dolor de los que murieron solos, juntado en un solo lugar. Y cuando te ve, no quiere lastimarte. Quiere que te quedes. Para que no esté solo."
Los puesteros de Santiago del Estero saben que, si se pierden en el monte, no deben dejarse llevar por el pánico. Deben buscar un lugar despejado, encender fuego, y esperar hasta el amanecer. Porque en la oscuridad, El Pampayoj está caminando. Y si te encuentra, te ofrecerá compañía. Compañía eterna.
Por eso, cuando el viento norte trae consigo sonidos extraños —pasos donde no hay nadie, voces que llaman tu nombre, risas que se convierten en llantos— los santiagueños encienden sus fogatas y no miran hacia el monte. Porque saben que El Pampayoj está ahí afuera. Esperando. Buscando a alguien que lo acompañe en su vigilia sin fin.
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Fuente original: Centro Cultural del Bicentenario - Santiago del Estero
Contenido ampliado y adaptado con narrativa completa, historieta, guión cinematográfico y referencias bibliográficas.