El Runauturungo
En las profundidades del monte santiagueño, donde los senderos se pierden entre cardones y algarrobos, donde el silencio es tan denso que parece tener peso y textura, existen criaturas que los abuelos conocen bien pero pocos se atreven a nombrar en voz alta. Entre todas estas manifestaciones del misterio que habita el Chaco Santiagueño, ninguna es más temida ni más respetada que el Runauturungo, el espíritu del monte que camina sobre las copas de los árboles.
El nombre viene del idioma de los pueblos originarios que habitaron estas tierras antes de la llegada de los españoles. "Runa" significa hombre, y "turungo" es el sonido que hace algo pesado al caer. Pero el Runauturungo no cae: él salta, se desplaza, se desliza sobre las ramas más altas de los algarrobos y quebrachos con una agilidad sobrenatural, acompañado por el ruido de ramas quebrándose bajo sus pies invisibles.
Don Aniceto, un viejo paisano que vivía en una ranchería a orillas del río Dulce, fue uno de los últimos en ver al Runauturungo con claridad. Tenía más de ochenta años cuando decidió contar su historia, sentado junto al fogón de su humilde morada, mientras el mate hacía su ronda entre los oyentes atentos.
"Era joven yo", comenzó don Aniceto, sus ojos nublados mirando hacia algún punto del pasado que solo él podía ver. "Tendría unos veinte años, quizás menos. En aquel entonces trabajaba en la estancia "El Quebracho", cuidando el ganado que se perdía con frecuencia en el monte. El patrón me había dicho: 'Aniceto, si no encontrás las vacas, no vuelvas'. Así que yo, pendejo y valiente, me metí solo en el monte una tarde de invierno."
El monte santiagueño en invierno tiene una belleza particular. El aire es seco y cortante, el cielo de un azul intenso que parece irreal, y los cardones se dibujan contra el horizonte como siluetas de guardianes antiguos. Pero cuando el sol comienza a caer, el monte cambia. Las sombras se alargan, el viento trae sonidos extraños, y lo que parecía familiar durante el día se vuelve extraño, casi hostil.
"Caminé horas", continuó don Aniceto. "Las vacas no aparecían por ningún lado. El sol se me fue encima y el frío comenzó a calarme los huesos. Decidí volver, pero cuando quise darme cuenta, no sabía dónde estaba. El monte me había envuelto como una araña envuelve a su presa."
La desorientación en el monte es una experiencia aterradora. Los árboles se parecen todos, los senderos se bifurcan infinitamente, y la intuición que funciona durante el día parece abandonar al viajero cuando la oscuridad cae. Don Aniceto sabía que debía encontrar refugio pronto. Las noches del monte en invierno pueden ser mortales para quien no tiene cobijo.
"Encontré un algarrobo gigante", recordó el viejo, y su voz tembló ligeramente. "Un árbol tan viejo que debía haber visto pasar siglos. Sus ramas eran gruesas como troncos de otros árboles menores. Decidí treparme. Los pumas no suben a los árboles, pensé, y el frío del suelo no me mataría allí arriba."
Trepar a un algarrobo centenario no es tarea fácil. Las ramas bajas son ásperas, llenas de espinas que rasguñan la piel. Pero la desesperación daba fuerzas a don Aniceto. Subió metro a metro, encontrando asideros donde otros no habrían visto nada, hasta llegar a una horqueta donde podía sentarse con relativa comodidad.
"Estaba agotado", confesó. "El miedo y el esfuerzo me habían dejado sin fuerzas. Me recosté contra el tronco y cerré los ojos. Pensé: 'Si me duermo, quizás no despierte'. Pero el cansancio fue más fuerte que el miedo."
Lo que sucedió después quedó grabado en la memoria de don Aniceto como un hierro al rojo marca la piel. No sabe cuánto tiempo durmió —quizás minutos, quizás horas— cuando un ruido lo despertó de golpe.
"Era un sonido como de pasos", explicó, y sus manos temblaron al recordarlo. "Pero no pasos en el suelo. Eran pasos sobre las ramas. Pesados. Ritmicos. Como alguien caminando sobre el techo de una casa de madera."
Don Aniceto se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. El sonido venía de arriba, de las ramas superiores del algarrobo. Algo —o alguien— se movía por las copas del árbol con una naturalidad que desafiaba la gravedad y el sentido común.
"Entonces lo vi", susurró don Aniceto, y sus ojos se humedecieron. "Una sombra. Una figura. No era un animal, eso te lo juro por mi madre. Era como un hombre, pero no lo era. Caminaba erguido sobre las ramas más delgadas, como si pesara menos que el aire. Y hacía un ruido... un ruido que nunca voy a olvidar."
El Runauturungo, según la descripción de don Aniceto, no tiene rostro discernible. Es una silueta, una ausencia de luz que se mueve con propósito. Pero lo más aterrador no es su apariencia, sino su comportamiento. La criatura parecía buscar algo —o a alguien— moviéndose de rama en rama, de árbol en árbol, siempre por encima del suelo, siempre acompañada por el sonido de ramas que crujen bajo sus pies invisibles.
"No me vio", dijo don Aniceto, y una mezcla de alivio y pesar cruzó su rostro. "O quizás sí me vio y no le importé. Pasó sobre mi cabeza, saltó a otro árbol, y siguió su camino. Pero antes de irse... antes de irse hizo algo que me heló la sangre."
El viejo hizo una pausa dramática, mirando a cada uno de sus oyentes para asegurarse de que lo escuchaban.
"Se detuvo. Se quedó quieto sobre una rama delgadísima que no debería haber soportado el peso de un gato. Y se rió. Una risa... no humana. Como el sonido de ramas secas quebrándose, pero con una intención. Una malicia. Como si supiera que yo estaba ahí, aterrorizado, y le diera risa mi miedo."
Don Aniceto no recuerda cómo pasó el resto de la noche. Dice que debe haberse quedado petrificado, sin atreverse a moverse ni a respirar, hasta que los primeros rayos del sol iluminaron el monte. Cuando bajó del árbol, sus piernas no lo sostenían. Tuvo que arrastrarse hasta encontrar un sendero conocido.
"Nunca más me metí solo en el monte de noche", concluyó el viejo. "Y nunca más dormí en un árbol. El Runauturungo me enseñó que hay lugares donde el hombre no es bienvenido después de que el sol se oculta."
Pero la historia de don Aniceto no es la única. En toda la provincia de Santiago del Estero, especialmente en las zonas rurales cercanas a los montes densos, se cuentan historias similares. El Runauturungo aparece en noches de luna nueva, cuando la oscuridad es total. Se le escucha antes de verse: el sonido de pasos sobre las ramas, el crujido de madera bajo pies invisibles. Algunos dicen que es el espíritu de un cazador indígena que violó una prohibición sagrada y fue condenado a vagar por los árboles eternamente. Otros afirman que es un duende del monte, una manifestación de la misma naturaleza que protege su territorio de los intrusos.
Hay quienes aseguran haber visto al Runauturungo de día, aunque estas historias son más raras y generalmente descartadas como producto del calor o la deshidratación. Pero de noche, cuando el viento del monte trae consigo sonidos extraños y las sombras juegan entre los algarrobos, nadie duda de su existencia.
Los paisanos saben que hacer si escuchan al Runauturungo cerca. No hay que mirar hacia arriba. No hay que intentar verlo. Lo mejor es quedarse quieto, en silencio, y esperar a que pase. Algunos recomiendan llevar consigo tabaco o alcohol, ofrendas que la criatura aparentemente acepta a cambio de dejar en paz al viajero. Otros sugieren rezar, aunque hay quien dice que las oraciones cristianas no tienen efecto sobre una entidad que precedió al cristianismo en estas tierras.
Lo cierto es que el Runauturungo sigue siendo parte del folklore santiagueño, una de esas criaturas que existen en el límite entre lo real y lo imaginario, entre lo que se puede explicar y lo que simplemente se acepta como parte del misterio del monte. Los biólogos y científicos ofrecen explicaciones racionales: el sonido del viento en las ramas, la percepción alterada por el miedo, la suggestibilidad de quienes crecieron escuchando estas historias. Pero para los que han escuchado los pasos sobre sus cabezas en una noche oscura de invierno, para los que han sentido la presencia de algo que camina por encima de lo natural, no hay explicación que quite el escalofrío que recorre la espalda.
Y así, entre las historias que se cuentan alrededor de las fogatas del monte santiagueño, entre el mate y el pan casero, la leyenda del Runauturungo sigue viva. Esperando en las copas de los árboles centenarios, caminando sobre las ramas que ningún hombre debería poder recorrer, recordándonos que hay lugares donde el hombre es solo un visitante, y donde las reglas de la naturaleza que conocemos no aplican.
Fuente original: Centro Cultural del Bicentenario - Santiago del Estero
Contenido ampliado y adaptado con narrativa completa, historieta, guión cinematográfico y referencias bibliográficas.