El Sachayoj
El Dios protector de los bosques. Viejo canoso que cuida el monte y castiga a quienes destruyen la naturaleza.
En los tiempos en que el monte santiagueño era tan vasto que sus límites solo conocían las aves que migraban hacia el norte, vivía una comunidad de puesteros en la quebrada de Los Juríes. Allí, donde el río Dulce serpentea entre algarrobos centenarios y chañares retorcidos, la gente conocía bien las reglas del monte: nunca salir después del mediodía sin agua, no dormir bajo los talas en flor, y sobre todo, nunca —bajo ninguna circunstancia— seguir al hombre de los ojos verdes que aparecía en los senderos perdidos.
Don Eusebio, el curandero del pueblo, era el único que había visto al Sachayoj y sobrevivido para contarlo. Tenía noventa y dos años, y cada vez que el viento caliente del norte traía el olor a zampa y madera quemada, sus ojos se perdían en el horizonte y comenzaba a hablar.
"Era febrero", decía, acariciando el mate de plata que heredó de su padre. "El año del gran secano, cuando ni las tunas tenían agua. Yo tenía diecisiete años y era tan terco como una mula. Mi padre me había prohibido ir al monte profundo, pero yo quería encontrar agua para las chivas que se morían de sed."
La tarde que cambió su vida comenzó como cualquier otra. El cielo era de un azul tan intenso que dolía mirarlo, y el silencio del monte era absoluto —esa clase de silencio que los santiagueños saben que precede a algo. Don Eusebio caminó durante horas, guiado por un instinto que no supo explicar, hasta que el sendero desapareció entre los sauces.
Fue entonces cuando lo vio.
Al principio creyó que era un paisano como él, perdido en el monte. Llevaba un poncho de bayeta color tierra, gastado por los años, y un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro. Pero algo no cuadraba: sus pies no hacían ruido sobre las hojas secas, y cuando el viento movió el sombrero, Don Eusebio vio sus ojos.
"Eran verdes, muchacho", susurraba el viejo, haciendo que sus oyentes se inclinaran hacia adelante. "No verdes como los de una persona. Eran verdes como el agua estancada, como los charcos donde se mueren los perros. Y brillaban con luz propia, aunque el sol ya se ocultaba."
El hombre —si es que era un hombre— le habló con una voz que sonaba como el viento entre los espinillos:
—Vení, muchacho. Te voy a mostrar dónde está el agua. El agua verdadera, la que nunca se seca.
Don Eusebio sintió que sus pies querían seguirlo, que algo en su cabeza le gritaba que caminara, que el agua estaba cerca. Pero en el último segundo, recordó las palabras de su abuela, una chiriguana que conocía los secretos del monte: "Si el Sachayoj te llama, no respondas con tu voz. Respondé con tu corazón, pensando en los tuyos."
—¡No! —gritó Don Eusebio, y la palabra sonó extraña en su boca, como si no fuera él quien la pronunciara.
El ser se detuvo. Cuando se dio vuelta, su rostro ya no era humano: la piel se le desprendía en jirones, revelando una masa oscura que absorbía la luz del crepúsculo. Sus ojos verdes se encendieron con furia, y el aire comenzó a oler a podrido, a carne abandonada bajo el sol.
—¿Por qué no venís? —la voz ahora era múltiple, como si cien personas hablaran al unísono—. ¿Acaso no querés agua? ¿No querés salvar a tus animales? Vení... vení...
Don Eusebio cerró los ojos y comenzó a rezar el Credo en voz alta, no porque fuera particularmente religioso, sino porque era lo único que se le ocurría. Con cada palabra, sentía que el tirón en su pecho disminuía. Cuando terminó, el silencio había vuelto al monte.
Abrió los ojos. El Sachayoj había desaparecido, pero en su lugar había un pozo de agua cristalina que no estaba allí antes. Bebió hasta saciar su sed, llenó sus cantimploras, y corrió de vuelta al pueblo sin mirar atrás.
Nunca más volvió a ese lugar, aunque a veces, en las noches de verano, escuchaba desde lejos una voz que llamaba su nombre. Pero ya sabía la verdad que todos los santiagueños aprenden tarde o temprano: el Sachayoj no busca agua. El Sachayoj busca compañía para su soledad eterna, y una vez que te lleva al monte profundo, no hay regreso.