El Supay
En las profundidades del monte santiagueño, donde los cerros se vuelven laberintos de piedra rojiza y los quebrachos forman techos impenetrables, habitan los seres que el hombre moderno olvidó pero que el campesino conoce y respeta. Entre ellos, el más temido, el más antiguo, es el Supay.
Los abuelos dicen que antes de que llegaran los españoles con sus cruces y sus campanas, el Supay ya caminaba por estas tierras. No es un demonio cristiano, no es el diablo de los curas. Es algo más viejo, más profundo, más arraigado en la tierra misma. Es el dueño de las profundidades, el señor de lo oculto, el guardián de los tesoros que la tierra esconde para quienes no están preparados para encontrarlos.
Se aparece de muchas formas. A veces como un hombre de estatura mediana, de piel oscura como la tierra mojada, con ojos que brillan en la oscuridad como brasas. Otras veces como un animal que no es ningún animal conocido: mitos gallo, mitos toro, mitos serpiente. Y en las noches de tormenta, cuando el viento norte aúla entre los cerros, se le escucha reír con una risa que no es humana ni animal, sino el sonido mismo de la tierra despertando.
Don Eusebio, que vivió noventa años en la quebrada de Guaype, juraba haberlo visto. Era joven entonces, todavía no le habían salido las canas ni las arrugas que después le surcarían el rostro como quebradas en el barro seco.
—Estaba buscando una vaca perdida —contaba don Eusebio, sentado en su banqueta de cuero, tomando mate amargo—. La tormenta se venía encima y yo, pendejo y terco, seguí el rastro hasta el pie del cerro del Muerto. Allí, donde nadie va porque dicen que se abre la tierra y te traga.
El viejo hacía una pausa dramática, escupía el mate, miraba a sus oyentes con ojos que aún guardaban el miedo de aquella noche.
—El rastro llevaba a una cueva. Oscura como boca de lobo. Yo estaba por darme la vuelta, pero escuché un ruido. Como si alguien moviera piedras adentro. Pensé que era la vaca, que se había metido ahí. Entré.
Don Eusebio bajaba la voz hasta convertirla en un susurro.
—Adentro no había vaca. Había luz. Una luz roja, como de brasas, pero que no quemaba. Y en medio de esa luz, estaba él. Sentado en una piedra que parecía un trono. Tenía cuernos, sí, pero no como los dibujan los curas en las iglesias. Eran cuernos de animal viejo, de toro que ha visto muchas primaveras. Su cuerpo era de hombre, pero sus pies... sus pies eran pezuñas.
El viejo se santiguaba, a pesar de que siempre decía que el Supay no era cosa de iglesia.
—Me miró. Y en ese momento supe que no debía estar ahí. Que había cruzado un límite que no se debe cruzar. Quise salir corriendo, pero no podía moverme. Como si las piernas se me hubieran vuelto de plomo.
—¿Y qué pasó, viejo? —preguntaban los más jóvenes, con los ojos abiertos.
—Me habló. Con una voz que salía de todas partes y de ninguna. "Llevaste algo que es mío", me dijo. Yo no entendía. "La vaca", explicó. "Esa vaca es mía. La cuido yo. La alimento yo. Y vos la querés llevar".
Don Eusebio sacudía la cabeza.
—Le juré que no sabía. Que era un animal perdido, que pensé que era de mi padre. El Supay se rio. Esa risa... todavía me despierta algunas noches. "Todo lo que está en el monte es mío", dijo. "Las vacas, los caballos, los tesoros enterrados. Todo. Pero vos no lo sabías, así que te dejo ir. Pero recordá: la próxima vez que entres a mi casa sin permiso, no salís".
Y don Eusebio salió. Corrió como nunca había corrido, con la tormenta estallando sobre su cabeza. La vaca apareció al día siguiente, en el corral, como si nunca se hubiera ido. Pero don Eusebio nunca más volvió al cerro del Muerto. Ni siquiera de día. Ni siquiera pasó cerca.
Pero el Supay no solo aparece para defender lo suyo. También se manifiesta cuando alguien busca lo que no debe. Los buscadores de tesoros, esos pobres diablos que se creen más vivos que los demás, son sus víctimas favoritas.
Porque el Supay guarda tesoros. Eso todo el mundo lo sabe. Los incas enterraron oro en estas tierras antes de que llegaran los españoles. Los españoles enterraron oro huyendo de los ejércitos de Belgrano. Los hacendados enterraron oro durante las guerras civiles. Y el Supay vigila todo eso. Es su pago, dicen algunos, por cuidar las profundidades de la tierra.
Donato, un buscador de tesoros de la zona de Sumampa, desapareció hace quince años. Su hermano, que aún lo llora, cuenta la historia.
—Tenía un mapa —dice el hermano—. Un papel viejo que compró a un tipo de Tucumán. Decía que en cierto cerro, bajo cierta piedra, había un cajón con monedas de oro. Donato se obsesionó. Dejó el trabajo, dejó a su mujer, dejó todo. Solo pensaba en ese tesoro.
La noche que Donato salió, llevaba pala, pico, candil y una escopeta. Su hermano lo acompañó hasta el pie del cerro.
—Me dijo que volvía antes del amanecer. Que me esperara. Esperé. Esperé tres días. Después fui a buscarlo.
El hermano encontró la pala, el pico, el candil apagado. La escopeta estaba descargada, como si Donato no hubiera tenido tiempo de usarla. Pero de Donato, ni rastro.
—Había marcas en la tierra —cuenta el hermano, con la voz quebrada—. Como si algo lo hubiera arrastrado. Pero no hacia afuera. Hacia adentro. Hacia la tierra misma.
Nunca más se supo de Donato. Algunos dicen que el Supay lo convirtió en uno de sus sirvientes, condenado a vigilar los tesoros por toda la eternidad. Otros dicen que simplemente lo devoró, como devora la tierra a los que no la respetan.
Pero no todo es terror con el Supay. Hay quienes saben tratarlo, quienes conocen las reglas. Los curanderos, los yuyeros, los videntes del monte. Ellos saben que el Supay puede ser útil si se le trata con respeto.
Doña Rufina, curandera de Ojo de Agua, era famosa por sus curas. Decían que podía sanar el mal de ojo, la susto, la pata de cabra. Y cuando le preguntaban cómo lo hacía, ella solo sonreía.
—Tengo un pacto —decía—. No con el diablo, no digan esas cosas. Con el dueño de abajo. Le llevo ofrendas. Vino, tabaco, dulces. Y a cambio, él me presta su poder.
Las noches de luna nueva, doña Rufina se iba al monte. Nadie la seguía. Nadie sabía adónde iba. Pero volvía con hierbas que no crecen en ninguna parte conocida, con agua de manantiales que no existen en ningún mapa, con conocimientos que no vienen de este mundo.
—El Supay no es malo —explicaba doña Rufina a quienes tenían valor para preguntar—. Es justo. Respeta a quienes lo respetan. Castiga a quienes lo ofenden. Como debe ser.
Y así sigue, en las profundidades del monte santiagueño. Vigilando. Esperando. Ríe en las noches de tormenta, camina en las sombras del mediodía, aparece en los sueños de quienes codician lo que no es suyo.
Si alguna vez, paisano, caminando por el monte, sentís que te observan desde las sombras, que el viento lleva una risa que no es del todo humana, que la tierra parece moverse bajo tus pies... no te asustes. Pero no sigas. Date la vuelta. Salí de ahí.
Porque el Supay te ha visto. Y está decidiendo si dejarte ir... o si hacerte suyo para siempre.
Fuente original: Centro Cultural del Bicentenario - Santiago del Estero
Contenido ampliado y adaptado con narrativa completa, historieta, guión cinematográfico y referencias bibliográficas.