La Almamula
En los tiempos en que las estancias se extendían como reinos privados y los capataces eran ley en sus dominios, vivía en una hacienda de la zona de Banda una muchacha de nombre Inés. Era criada en la casa grande, hija de una lavandera y un peón de campo, criada entre el lujo que no era suyo y la pobreza que la reclamaba.
Inés era hermosa de una manera que incomodaba. No la belleza ordinaria de las chicas del pueblo, sino algo más arrollador, más salvaje. Su cabello negro como el ala del cuervo, su piel de un moreno intenso que nunca se aclaró a pesar de los remedios de la señora, sus ojos oscuros que parecían guardar secretos de otras vidas. Desde niña, las comadres murmuraban que había nacido en viernes de luna menguante, que su madre había mirado la luna durante el embarazo, que estaba marcada por fuerzas que no entendían.
Creció entre los criados, aprendiendo a servir a la familia de la estancia. Aprendió a hacerse invisible cuando los señores discutían, a sonreír cuando la trataban con desprecio, a contener las lágrimas cuando las hijas de la casa le hacían sentir su lugar. Pero también aprendió otras cosas: las hierbas que curan y las que matan, los rezos que protegen y los que maldicen, los secretos que las mujeres del servicio se pasaban en susurros mientras planchaban o cocinaban.
El patrón de la estancia, don Ramón, era un hombre de mediana edad, barrigudo, de bigote canoso y ojos de cerdo. Había heredado la tierra de su padre, la había ampliado comprando a los pequeños propietarios que la sequía o la mala suerte llevaban a la ruina. Era rico, poderoso, y acostumbrado a tomar lo que quería.
Y quería a Inés.
Al principio fueron miradas que ella ignoró. Luego, encuentros "accidentales" en los corredores, en la despensa, en el gallinero. Palabras al oído que la hacían estremecerse de asco. Promesas que no la tentaban: joyas que no podría usar, ropas que no podría lucir, una casita en el pueblo donde la tendría escondida como a una vergüenza.
—Soy hombre casado —le decía don Ramón, como si eso fuera una excusa y no un agravante—. Pero vos me volvés loco. Esa piel... esos ojos...
Inés rechazaba sus avances con la deferencia que su posición exigía. No podía decirle que no, no abiertamente. Pero se escabullía, inventaba tareas, se escondía entre las otras criadas cuando él aparecía.
Don Ramón no estaba acostumbrado a ser rechazado. La deseaba más porque ella no se entregaba. Empezó a presionarla, a hacerle la vida imposible. La acusaba de robos que no cometía, de negligencias que no existían. La amenazaba con echar a su madre, a su padre, a sus hermanos menores que aún dependían del trabajo de la estancia.
—Una noche —le susurró una tarde, atrapándola en el corral de los caballos—. Una sola noche, y todo se arregla. O si no...
Inés sintió el miedo convertirse en algo más oscuro. Sintió el odio, antiguo y caliente, despertar en su pecho. Esa noche, mientras las demás dormían, salió al monte. Caminó hasta el cementerio abandonado donde enterraban a los peones sin familia. Allí, entre las cruces de madera podridas, invocó a las fuerzas que su abuela le había enseñado a respetar pero nunca a usar.
—Que se pudra —susurró al viento norte—. Que se pudra por dentro, como se pudre la fruta en el árbol. Que sus partes se le caigan, que su carne se le desprenda, que su alma se pierda en el infierno.
No era una oración cristiana. Eran palabras más viejas, palabras que venían de antes de la conquista, de antes de la cruz. Palabras que el monte entendía.
Volvió a la estancia antes del amanecer. Nadie la había visto salir. Pero algo había cambiado. En sus ojos había una luz nueva, una determinación fría.
Don Ramón la encontró al día siguiente en la cocina. Se acercó por detrás, como era su costumbre, con las manos ansiosas.
—¿Pensaste en mi propuesta, morenita? —susurró, su aliento a vino y tabaco.
Inés se volvió. Lo miró directamente a los ojos. Y sonrió.
—Sí, patrón —dijo, y su voz sonaba diferente, más profunda, casi gutural—. Pensé. Y acepto.
Don Ramón no notó el cambio. Solo vio la sonrisa, la sumisión que había estado esperando. La llevó esa noche a la casita del mayordomo, que estaba vacía porque el mayordomo había ido al pueblo.
Lo que pasó allí, nadie lo sabe con certeza. Los criados escucharon gritos, pero no de Inés. Eran gritos de don Ramón, de dolor y de terror. Cuando llegaron, encontraron la puerta cerrada. La abrieron a la fuerza.
Don Ramón estaba en el suelo, desnudo, convulsionando. Su piel se desprendía en jirones, como si algo desde adentro la estuviera desgarrando. Sus partes íntimas... ya no estaban. Habían desaparecido, dejando una herida negra y hedionda.
Y Inés...
Inés no estaba. Solo quedaban sus ropas, rasgadas y ensangrentadas. Y un olor, un olor a azufre y a monte después de tormenta, que persistió durante días.
Don Ramón vivió tres meses más. Tres meses de agonía, de dolores que los médicos no podían explicar, de fiebres que lo consumían sin consumirlo. Murió gritando, convencido de que Inés estaba en la habitación, observándolo con ojos que brillaban en la oscuridad.
Pero Inés no apareció. Ni viva ni muerta. Su cuerpo nunca se encontró. Su madre lloró, su padre la buscó en todos los ranchos de la zona, pero nada.
Hasta que empezaron los avistamientos.
Un peón que volvía tarde de la pulpería juró haberla visto en el camino, desnuda, con el cabello al viento. Cuando se acercó, ella se volvió... y tenía cabeza de burro. Ojos rojos, dientes amarillos, una lengua negra que colgaba hasta el pecho.
El peón corrió. Nunca más volvió a ser el mismo. Murió loco dos años después, convencido de que la criatura lo seguía.
Otros la vieron. Siempre de noche, siempre en los caminos solitarios. A veces como mujer hermosa, pidiendo ayuda, pidiendo que la llevaran. Si el viajero era decente, intentaba ayudarla... y entonces ella se transformaba. Cabeza de burro, patas de cabra, cola de serpiente. Aullaba con una voz que no era humana, que partía el alma.
Si el viajero tenía malas intenciones, si veía a la mujer hermosa y pensaba en aprovecharse... peor. Mucho peor. Algunos aparecieron muertos en los caminos, con las marcas de pezuñas en el cuello. Otros simplemente desaparecieron, y se dice que la Almamula los arrastra consigo, condenados a servirla en su reino de sombras.
Los curas intentaron exorcizarla. Vinieron de la capital, con agua bendita y cruces. Caminaron los caminos donde aparecía, rezaron, lanzaron agua al aire. Pero la Almamula no es un demonio cristiano. No responde a la cruz ni al agua bendita. Responde a fuerzas más viejas, más profundas, más arraigadas en la tierra misma.
Un cura joven, arrogante, decidió enfrentarla solo. Se quedó una noche en el camino donde más se la veía, armado solo con su fe y su crucifijo.
Lo encontraron al amanecer, orinándose encima, balbuceando. Nunca más habló coherentemente. Solo repetía una frase, una y otra vez: "No tiene alma... no tiene alma... se la comió el monte..."
La Almamula sigue ahí. En los caminos de Santiago del Estero, especialmente en los caminos cerca de las estancias viejas, de las casas grandes donde alguna vez hubo criadas hermosas y patrones abusadores. Aparece cuando la luna está menguante, cuando el viento trae olor a lluvia, cuando el silencio del campo es demasiado profundo.
Dicen que todavía busca venganza. Que cada hombre que abusa de una mujer, cada patrón que se aprovecha de su poder, cada violador que cree que puede tomar sin consecuencias... la Almamula lo busca. A veces tarda años, décadas. Pero llega.
Y cuando llega, no hay oración que la detenga. No hay cruz que la asuste. Solo hay el terror, el dolor, y la certeza de que en este mundo, tarde o temprano, se paga todo.
Por eso, paisano, si alguna vez viajás de noche por los caminos de Santiago del Estero, y ves a una mujer hermosa, de piel morena y ojos oscuros, que te pide ayuda o te invita a seguirla... no lo hagas. No importa cuán hermosa sea, no importa cuán tentador parezca.
Porque podría ser ella. Podría ser la Almamula. Y si lo es, si caes en su trampa... no habrá nadie que te salve. Ni Dios, ni los santos, ni todas las cruces del mundo.
Solo quedará el eco de tu grito, llevado por el viento norte, mientras ella se aleja, un poco más vengada, un poco más eterna, esperando al próximo que crea que puede tomar sin que nadie lo vea.
Fuente original: Centro Cultural del Bicentenario - Santiago del Estero
Contenido ampliado y adaptado con narrativa completa, historieta, guión cinematográfico y referencias bibliográficas.