La Mayu Maman
La sirena de nuestros ríos. Hermosa mujer rubia que peina su cabellera con peine de oro y arrastra a los hombres al agua.
En las orillas del río Salado, donde el agua se vuelve perezosa y los sauces lloran hasta tocar la superficie, las madres santiagueñas todavía susurran el nombre de La Mayu Maman cuando los niños se acercan demasiado al agua. "Cuidado con la madre del río", dicen, y en sus ojos hay un miedo que no es solo por los remolinos.
La historia comienza mucho antes de que los españoles llegaran con sus cruces y sus caballos. En esa época, el río Salado era el camino de vida para los pueblos originarios que habitaban sus márgenes. Los comechingones, los sanavirones, los tonocoté —todos conocían a La Mayu Maman, aunque cada uno le daba un nombre diferente. Para todos, era la madre del agua, la que daba y la que quitaba.
Doña Candelaria, la tejedora del pueblo de Los Telares, era descendiente de sanavirones por línea materna. A sus ochenta años, todavía tejía mantas en su telar de pie, y sus manos arrugadas movían los hilos con la precisión de setenta años de práctica. Pero lo que más sabía tejer eran historias.
"La Mayu Maman no siempre fue mala", comenzaba, mientras sus dedos danzaban entre las lanas de colores tierra. "Antes era una mujer como cualquiera. Vivía en una ranchería cerca de donde ahora está la costanera de La Banda. Tenía tres hijos —tres varones hermosos como el sol— y un marido que la quería más que a la vida."
El problema llegó en forma de sequía. Un año en que el río se encogió hasta convertirse en un hilo de agua turbia, y la tierra se agrietó como piel de viejo. Los animales se morían, los cultivos se perdieron, y el hambre llegó a las puertas de cada rancho.
El marido de la mujer —nadie recuerda su nombre, solo que era buen hombre— decidió ir al monte a buscar alimento. Prometió volver antes de la luna nueva. Pero la luna nueva llegó, y luego la llena, y el hombre no regresó.
"La mujer enloqueció de dolor", continuaba Doña Candelaria, su voz bajando hasta convertirse en un susurro. "No dormía, no comía. Solo caminaba por la orilla del río, llamando a su marido, llamando a sus hijos que la seguían llorando. Y una noche, en la hora más oscura, escuchó una voz."
La voz venía del río mismo. Le prometió devolver a su marido si ella entregaba algo a cambio. La mujer, desesperada, ofreció todo: sus manos, sus ojos, su alma. Pero la voz del río quería algo más precioso.
—Dame a tus hijos —dijo el agua—. Y te devolveré a tu marido.
La mujer se negó. Pero el río susurró promesas: su marido volvería sano y salvo, traería alimento, salvaría al pueblo. Y si ella no aceptaba... el hombre moriría solo en el monte, y sus hijos morirían de hambre junto a ella.
"Esa noche", decía Doña Candelaria, deteniendo su tejido, "la mujer hizo lo impensable. Llevó a sus tres hijos a la orilla del río. Los abrazó uno por uno. Y cuando el agua se abrió como una boca negra... los empujó."
Los niños desaparecieron sin un grito. El río se cerró sobre ellos como si nada hubiera pasado. Y entonces, desde la oscuridad del monte, apareció el marido. Estaba vivo, traía un guanaco cazado, no entendía por qué su mujer lloraba desconsoladamente.
"Cuando supo lo que había hecho", continuaba Doña Candelaria, limpiándose una lágrima, "el marido también enloqueció. Tomó su cuchillo y se lo clavó en el corazón allí mismo, en la orilla del río. La mujer, al verlo morir, corrió hacia el agua. Quería salvar a sus hijos, quería morir con ellos. Pero el río no la dejó entrar."
—Ahora sos mía —dijo el agua—. Vivirás en mis aguas, llamando a otros niños. Y nunca, jamás, volverás a ver a los tuyos.
Desde entonces, La Mayu Maman vaga por las orillas del Salado. Se aparece como una mujer hermosa, de cabello largo y negro como el agua profunda, vestida con ropas blancas que nunca se mojan. Canta canciones de cuna, llama a los niños con promesas de juegos y tesoros. Y cuando un niño se acerca demasiado al agua... el río se lo traga.
"Pero hay algo más", agregaba Doña Candelaria, y su voz temblaba. "Dicen que en las noches de tormenta, cuando el río crece furioso, se pueden escuchar cuatro voces. La madre, llamando. Y tres niños, respondiendo desde el fondo del agua."
Los ancianos del pueblo añaden un detalle más: La Mayu Maman no quiere hacer daño. Está condenada a llamar, a tentar, a llevarse a otros niños para llenar el vacío de los suyos. Es su castigo eterno. Y cada niño que se lleva... es otro hijo que ella llora en las profundidades del río Salado.
Por eso, en Santiago del Estero, las madres todavía repiten: "No jueguen cerca del agua. La Mayu Maman está esperando. Y tiene los brazos abiertos".