La Salamanca
En los confines del monte santiagueño, donde el cardón se vuelve espeso y los senderos se pierden entre quebrachos centenarios, existe un lugar que los paisanos no nombran en vano. Es una cueva, o tal vez un túnel, o quizás una grieta en la tierra misma que lleva a algún lugar donde las reglas de Dios no aplican. Los viejos la llaman la Salamanca, y dicen que allí se reúnen los brujos, los hechiceros, los almas en pena y aquellos que vendieron su sombra a cambio de poderes oscuros.
La historia comienza con un muchacho llamado Pedro, hijo de una familia de pobres labriegos que vivían en una ranchería de tapial cerca de Loreto. Pedro era diferente a los demás. Mientras sus hermanos se contentaban con el trabajo del campo, él pasaba las noches leyendo libros viejos que conseguía en las pulperías, libros de magia, de alquimia, de secretos prohibidos. A los dieciséis años ya sabía más de hierbas medicinales que el curandero del pueblo, y a los dieciocho podía curar el mal de ojo con solo pasar las manos sobre el enfermo.
—Ese muchacho tiene el don —decían las viejas—, pero hay que tener cuidado. El don puede volverse maldición.
Pedro no escuchaba. Ambicioso, quería más. Quería poder curar cualquier enfermedad, quería encontrar la piedra filosofal, quería dominar los elementos. Una noche de invierno, cuando el viento sur helaba los huesos y los perros se acurrucaban bajo las camas, un desconocido llegó a la ranchería. Era un hombre viejo, de barba blanca y ojos negros como la noche, vestido con un poncho que olía a humo y a tierra de cementerio.
—Vengo a buscar a Pedro —dijo, sin pedir permiso para entrar—. Sé lo que busca. Puedo enseñarle.
Los padres de Pedro intentaron echar al viejo, pero el muchacho los detuvo.
—¿Quién es usted? —preguntó Pedro, con la voz temblorosa de emoción.
—Soy quien puede mostrarte la puerta —respondió el viejo—. Pero solo vos podés cruzarla. Esta noche, a la medianoche, caminá hacia el cerro del Yuchán. Allí te espero.
El viejo se fue, dejando una estela de olor a azufre. Pedro no durmió. A las once se levantó, tomó su facón y una manta, y caminó hacia el cerro sin mirar atrás.
El camino era largo y oscuro. El monte, de día tan familiar, se volvía territorio extraño en la noche. Los sonidos eran diferentes: los chirridos de los insectos parecían palabras, el viento susurraba nombres, las sombras de los árboles se movían con voluntad propia. Pedro caminó durante horas, guiado por una luz que solo él podía ver, una luz verde que danzaba entre los cardones.
Llegó al cerro del Yuchán cuando el reloj marcaba las doce. El viejo estaba allí, junto a una abertura en la tierra que no existía durante el día. Un túnel descendía hacia las entrañas del monte, iluminado por antorchas de fuego azul.
—Bienvenido a la Salamanca —dijo el viejo—. Aquí aprenderás lo que ningún libro puede enseñarte. Pero todo tiene un precio.
—¿Qué precio? —preguntó Pedro, tratando de que su voz no temblara.
—Tu sombra —respondió el viejo—. En la Salamanca no hay lugar para sombras. Las dejamos en la puerta.
Pedro miró su sombra, proyectada por la luz de las antorchas. Era parte de él, había estado con él desde que nació, lo acompañaba en cada paso. Pero el conocimiento, el poder, la sabiduría ancestral... ¿qué era una sombra comparado con eso?
—Acepto —dijo.
El viejo sonrió, mostrando dientes amarillos y puntiagudos. Tomó la mano de Pedro y lo guió hacia el túnel.
La Salamanca era más grande por dentro que por fuera. Túneles se abrían en todas direcciones, cada uno llevando a cámaras donde sucedían cosas que Pedro nunca habría imaginado. En una, un grupo de hombres vestidos de negro bailaban alrededor de un fuego verde, invocando espíritus. En otra, una mujer de hermosura sobrenatural enseñaba el arte de transformarse en animal. En otra más, un alquimista convertía plomo en oro, pero el oro se volvía ceniza al tocar la luz del día.
Pedro aprendió. Aprendió a curar con las manos, a ver el futuro en el humo, a hablar con los muertos. Aprendió a hacerse invisible, a volar en sueños, a matar con la mirada. Pasó siete años en la Salamanca, aunque para él solo fueron siete días. El tiempo funciona diferente en los lugares donde las sombras no llegan.
Pero todo llega a su fin. Una noche, el viejo lo llamó.
—Es hora de que vuelvas al mundo —dijo—. Ya aprendiste todo lo que podemos enseñarte. Pero recordá: nunca podrás volver a tener sombra. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, debés contar lo que viste aquí. Si lo hacés, la Salamanca te reclamará.
Pedro salió por el mismo túnel por el que entró. Salió a la luz del día, y por primera vez en siete años, sintió el sol en su rostro. Pero algo estaba mal. Miró al suelo, y no vio su sombra. Caminó, saltó, se movió... nada. Era un hombre sin sombra.
Volvió a su ranchería. Sus padres habían envejecido, sus hermanos se habían casado y tenido hijos. Para ellos, Pedro había desaparecido hacía siete años. Lo recibieron con lágrimas y alegría, pero pronto notaron que algo en él había cambiado. No era solo la ausencia de sombra, era algo en sus ojos, una oscuridad que no estaba antes.
Pedro se convirtió en curandero famoso. Curaba enfermedades que los médicos de Santiago del Estero no podían ni nombrar. Sacaba el mal de ojo, rompía hechizos, encontraba objetos perdidos. La gente venía de cientos de kilómetros a consultarlo. Pero todos notaban lo de la sombra.
—Ese hombre no tiene sombra —susurraban—. Ese hombre hizo un pacto.
Pedro vivió así durante veinte años. Rico, respetado, temido. Pero solo. Las mujeres no querían casarse con un hombre sin sombra. Los niños huían de él. Los perros ladraban cuando pasaba. Y cada noche, en sueños, la Salamanca lo llamaba, prometiéndole volver, prometiéndole más poder, más conocimiento.
La tragedia llegó una noche de tormenta. Pedro había bebido demasiado vino en una fiesta de casamiento y, presionado por los comentarios de un borracho, comenzó a hablar.
—¿Que no tengo sombra? —dijo, levantando la voz—. ¡Claro que no tengo sombra! La dejé en la Salamanca, ¿saben? ¡Sí, la Salamanca del cerro del Yuchán! Pasé siete años allí, aprendiendo de los brujos más poderosos del mundo. ¡Yo puedo convertir esta mesa en oro! ¡Yo puedo hacer que llueva! ¡Yo...
No terminó la frase. Un trueno cayó sobre la ranchería, tan fuerte que hizo temblar las paredes. Cuando la gente pudo ver de nuevo, Pedro había desaparecido. En su lugar, en el suelo, había una mancha oscura, como de sombra quemada, y un olor a azufre que tardó días en disiparse.
Nunca más se supo de Pedro. Algunos dicen que la Salamanca lo reclamó, que ahora es uno de los esclavos eternos que sirven a los brujos. Otros aseguran que se convirtió en guardián de la puerta, el viejo de barba blanca que recluta a nuevos aprendices. Los más escépticos dicen que simplemente se volvió loco y se fue a vivir a las montañas.
Pero los que saben, los que han caminado de noche cerca del cerro del Yuchán y han visto la luz verde danzando entre los cardones, saben la verdad: Pedro sigue en la Salamanca, pagando su deuda por haber roto el pacto del silencio. Y si alguna vez estás cerca de allí y escuchas una voz que te ofrece conocimiento prohibido, que te promete poder a cambio de tu sombra, recordá la historia de Pedro. Recordá que en la Salamanca no hay vuelta atrás, y que el precio del saber oscuro es tu propia alma.
Hoy en día, los paisanos del lugar evitan el cerro del Yuchán después del anochecer. Los gauchos cuentan que a veces, en noches de luna nueva, se escuchan cánticos que vienen de las entrañas de la tierra. Y los más viejos aseguran que, si te acercas lo suficiente, puedes ver figuras bailando alrededor de fuegos azules, y entre ellas, un hombre joven que una vez fue Pedro, todavía buscando la sombra que dejó atrás.
Fuente original: Centro Cultural del Bicentenario - Santiago del Estero
Contenido ampliado y adaptado con narrativa completa, historieta, guión cinematográfico y referencias bibliográficas.