La Telesita
En los tiempos en que el monte santiagueño era más espeso y los senderos de tierra rojiza se perdían entre quebrachos y algarrobos, vivía en una humilde ranchería de la zona rural de Loreto una joven de ojos verdes como los charcos después de la lluvia. Su nombre era Telesita, hija de una lavandera y un peón de campo que habían muerto cuando ella apenas contaba quince inviernos.
La muchacha creció entre las sombras de los algarrobos, alimentándose de locro de choclo y pan casero, vistiendo polleras de percal que ella misma teñía con cortezas de molle. Su voz tenía esa cadencia particular del santiagueño del interior, arrastrando las erres y alargando las voces como si el viento norte las moldeara.
El pueblo la conocía por su belleza silvestre y su carácter dulce. Cada domingo, Telesita caminaba cinco leguas hasta la iglesia de Loreto, descalza sobre el polvo caliente, con un pañuelo blanco cubriéndole la cabeza. Los hombres la observaban desde las sombras de los corredores, pero ella nunca correspondió a ninguno. Su corazón, decían las comadres del lugar, estaba guardado para alguien que aún no llegaba.
Una tarde de enero, cuando el sol caía como plomo fundido sobre los campos de maíz, apareció en la pulpería del pueblo un forastero de nombre Aniceto. Era alto, de barba negra y ojos que parecían haber visto demasiados amaneceres en soledad. Venía de Catamarca, huyendo de deudas de juego y de una mujer que lo había amenazado con un cuchillo de carnicero.
Telesita lo vio por primera vez cuando él pedía agua en la fuente del cementerio. Ella iba a visitar la tumba de su madre, como hacía todos los jueves. Sus miradas se cruzaron, y en ese instante, dicen los que saben de estas cosas, se selló su destino.
—Disculpe, señorita —dijo Aniceto, secándose la boca con el dorso de la mano—. El agua de estas tierras sabe a cielo.
—Es el sabor de los cerros —respondió ella, bajando la vista—. El agua de acá carga el alma del monte.
Así comenzó. Aniceto consiguió trabajo en la estancia vecina y empezó a frecuentar la ranchería de Telesita. Traía naranjas de las huertas, le cantaba zambas a la guitarra, le prometía un futuro que ella nunca se había atrevido a imaginar. Telesita, que había aprendido a no confiar en las promesas de hombres, se fue abriendo como un cardón en floración.
—Me voy a ir al sur —le dijo Aniceto una noche de luna llena, mientras el viento cantaba entre los techos de zinc—. Hay trabajo en las bodegas de Mendoza. Vos vení conmigo, Telesita. Casémonos y empecemos de nuevo.
Ella aceptó. En su inocencia, no vio la sombra que cruzó los ojos del hombre cuando ella dijo que sí. No supo interpretar el temblor en su voz cuando él habló de "empezar de nuevo".
La noche antes de partir, Telesita no durmió. Empacó sus pocas pertenencias en un petate de cuero: su vestido de fiesta, el rosario de su madre, el peine de hueso que le había regalado su abuela. Esperó a Aniceto en el cruce de caminos, donde el algarrobo centenario marcaba el límite entre su mundo y el desconocido.
Esperó. Y esperó.
Las primeras luces del alba tiñeron de rosa los cerros, y no apareció. El sol subió implacable, y no apareció. Cuando el mediodía apretó con su calor de horno, Telesita comprendió. Aniceto se había ido solo, o tal vez nunca tuvo intención de llevarla. Tal vez la había usado como se usan las cosas que no tienen dueño que las reclame.
No lloró. Los ojos se le secaron como pozos en sequía. Caminó hasta la vieja cisterna del campo abandonado, donde nadie iba desde que murió el patrón de la estancia. El agua estaba verde y quieta, cubierta de algas que parecían cabellos flotantes.
—Si no puedo tener lo que amé —murmuró al cielo despiadado—, que el monte me recuerde.
Y se dejó caer.
Dicen que el agua no la recibió con frío, sino con una tibieza maternal. Dicen que su cuerpo desapareció entre las algas, pero su espíritu quedó atrapado en el lugar, condenado a vagar por los caminos de tierra roja, esperando a quien nunca volvió.
Desde entonces, los viajeros que transitan los caminos rurales de Santiago del Estero después del mediodía, cuando el sol golpea fuerte y el sueño pesa sobre los párpados, pueden verla. Aparece a la orilla de los caminos, vestida de blanco, con el pañuelo cubriéndole el rostro. Pide a los solitarios que la lleven en sus caballos o carretas, y su voz es tan dulce, tan triste, que nadie puede negarse.
Pero si el viajero se detiene para ayudarla, si la mira a los ojos o intenta tocarla, Telesita desaparece. Solo queda el eco de una risa amarga, o a veces un sollozo que se lleva el viento norte.
Los viejos del lugar saben que no hay que detenerse. Que hay que seguir camino, mirando al frente, sin responder a sus llamados. Porque Telesita no busca compañía: busca a Aniceto. Y cualquier hombre que se parezca a él, cualquier alma solitaria que transite esos caminos, corre el riesgo de ser confundido con el traidor.
Algunos dicen que la vieron llorando junto a la cisterna, peinándose con el peine de hueso de su abuela. Otros aseguran que en noches de tormenta se la escucha cantando zambas, con esa voz que Aniceto le enseñó y que ella nunca pudo olvidar.
La Telesita sigue ahí, en los caminos polvorientos de Santiago del Estero, esperando un amor que la abandonó. Y cada vez que un hombre rompe una promesa en esa tierra, cada vez que alguien miente en nombre del corazón, se dice que su llanto se vuelve más fuerte, y su aparición más terrible.
Por eso, paisano, si alguna vez viajás por esos pagos y ves a una mujer de blanco a la vera del camino, no te detengas. No la mires a los ojos. Y si te habla con voz de miel y tristeza, apretá las riendas y seguí de largo.
Porque la Telesita ya no busca amor. Busca compañía para su soledad eterna.
Fuente original: Centro Cultural del Bicentenario - Santiago del Estero
Contenido ampliado y adaptado con narrativa completa, historieta, guión cinematográfico y referencias bibliográficas.