La Uritu Orko
En los tiempos en que el monte santiagueño aún guardaba secretos que los hombres no se atrevían a nombrar en voz alta, cuando los caminos eran apenas surcos entre el algarrobal y el cactus, vivía en una pequeña ranchería de tierra y paja una mujer llamada Rosa. Era una criolla de ojos verdes y cabellos oscuros, conocida en todo el departamento de Banda por su belleza y por su voz, que cantaba coplas de cielito con una dulzura que hacía llorar a los pajaritos del monte.
Rosa amaba a un paisano llamado Aniceto, un hombre de barba negra y manos callosas que trabajaba en las tierras de Don Prudencio, el terrateniente más poderoso de la zona. Aniceto prometió a Rosa que, cuando terminara la zafra del algodón, la llevaría a la iglesia de Añatuya y le pondría el anillo en el dedo. Pero los tiempos del monte son tiempos de espera, y la espera, a veces, se vuelve veneno en el alma.
Don Prudencio tenía un hijo, Martín, un joven de ciudad que llegó de Santiago del Estero con sus botas brillantes y sus modales de señorito. Desde que vio a Rosa lavando ropa en el aljibe de la ranchería, quedó prendado de ella como el chacho queda prendado del fuego. Al principio, Rosa lo rechazó con desprecio, recordándole que ella era mujer de Aniceto y que en el monte las promesas se cumplen o se mueren.
Pero Martín no era hombre acostumbrado a oír "no". Usó todos los trucos que aprendió en la ciudad: regalos de tela fina, dulces de membrillo, promesas de llevarla a vivir a una casa de ladrillos con techo de zinc. Rosa resistió durante meses, hasta que una noche de enero, cuando el calor apretaba como un puño y los grillos cantaban su canción eterna, Martín la encontró sola en la ranchería. Aniceto había ido a Banda a vender unas yuntas.
—Dejame ir, señorito —suplicó Rosa, pero su voz sonó débil, sin convicción.
—¿Por qué vas a seguir con ese paisano mugriento cuando podés tener todo esto? —dijo Martín, abriendo los brazos hacia la noche estrellada—. Te llevo a la ciudad, Rosa. Te compro vestidos de seda, te pongo criadas que te laven los pies.
Algo se quebró en el corazón de Rosa esa noche. Tal vez fue la soledad, tal vez fue el cansancio de esperar, tal vez fue la promesa de una vida que nunca conoció. Cuando Aniceto volvió tres días después, encontró la ranchería vacía. En la mesa de madera, sobre un mantel bordado por las manos de su madre, había una carta escrita con letra torcida:
"Perdoname, Aniceto. Me fui con el señorito Martín. No me busques. Rosa."
Aniceto no lloró. Se sentó en el umbral de la puerta y miró el monte durante toda la noche, hasta que el sol salió y pintó de dorado los algarrobos. Entonces se levantó, tomó su facón y caminó hacia la estancia de Don Prudencio.
Lo encontraron tres días después, a orillas del río Salado. No tenía ni una herida, pero sus ojos miraban al cielo con una expresión de terror que hizo santiguarse a los paisanos que lo hallaron. Martín, en cambio, nunca apareció. Se dice que huyó a Buenos Aires, que se embarcó a Europa, que se volvió loco y vive en las montañas de Sumampa hablando solo.
Rosa, la pobre Rosa, no duró mucho en la ciudad. Martín la abandonó después de unos meses, cuando ya le había sacado todo lo que quería. Volvió al monte avergonzada, con el alma hecha pedazos y una vergüenza que no la dejaba mirar a nadie a los ojos. Se instaló en una cueva cerca de donde había vivido con Aniceto, y allí pasó sus días, hablando sola, cantando coplas tristes que el viento se llevaba hacia el horizonte.
Una noche de luna llena, cuando el calor era sofocante y los perros aullaban sin razón, los paisanos de la zona escucharon un grito desgarrador que salía de la cueva. Corrieron con antorchas y facones, pero no encontraron a nadie. Solo había plumas de lechuza esparcidas por el suelo, y una mancha oscura en la tierra que olía a azufre.
Desde entonces, cuando el monte se vuelve silencioso y el viento deja de soplar, se puede escuchar el llanto de Rosa, que ahora es la Uritu Orko, la lechuza maldita. Dicen que aparece en las noches de tormenta, posada en los algarrobos, con ojos que brillan como brasas. Llora por Aniceto, llora por su traición, llora por la vida que pudo haber tenido y que echó a perder.
Los paisanos saben que no hay que mirarla a los ojos, porque quien lo hace queda marcado. Algunos dicen que Aniceto no murió, que la Uritu Orko lo tiene prisionero en algún rincón del monte, y que su llanto es en realidad el llanto de él, pidiendo que alguien lo libere. Otros aseguran que la lechuza aparece antes de las desgracias, que cuando cerca de una casa se posa una Uritu Orko, alguien va a morir o a perder el juicio.
Pero los viejos del monte, los que todavía recuerdan las historias de sus abuelos, saben la verdad: la Uritu Orko no es un espanto, es una advertencia. Es el alma de quien traiciona el amor verdadero por una promesa falsa, de quien deja el corazón de un paisano bueno por las mentiras de un señorito. Y cuando llora en las noches de verano, cuando el calor aprieta y los grillos cantan, está pidiendo perdón a Aniceto, perdón que nunca llega, porque Aniceto, dicen, camina todavía por los senderos del monte, buscándola, esperando que algún día regrese a la ranchería de tierra y paja donde una vez fueron felices.
Así que si alguna vez estás en el monte santiagueño y escuchas el llanto de una lechuza que suena como una mujer, no te asustes. Solo ponete la mano en el corazón y acordate de los que amás, y de las promesas que les hiciste. Porque la Uritu Orko no viene por vos, viene por los que olvidaron que en el monte, el amor verdadero es lo único que no se negocia.
Fuente original: Centro Cultural del Bicentenario - Santiago del Estero
Contenido ampliado y adaptado con narrativa completa, historieta, guión cinematográfico y referencias bibliográficas.